MI INICIACIÓN EN EL CIERRE DE LA CONFERENCIA DE LA DIOSA

Ahora que comienzo a regresar al mundo de todos los días caigo en la cuenta de que no había estado
aquí por mucho tiempo. Me llevó media semana limpiar y ordenar toda mi casa, recuperarla, re-
encontrarla debajo del caos de tierra, telas de color rojo oscuro desparramadas por todos lados, Diosas
que no estaban en su sitio, migas, pigmentos, papeles cortados…
Costó trabajo pero al fin logré convertirla nuevamente en mi casa. Me gusta ser yo quien la limpie.
Especialmente, después de celebrar rituales con mucha gente. Al barrer me concentro en quitar del
ambiente las energías estancadas que pudieran haberse olvidado las personas que ya se fueron. Al
recoger los despojos de una fiesta, lentamente comenzamos a desprendernos de esa “otra realidad” que
vivimos por escaso tiempo y bajamos nuevamente a la tierra.
En las fiestas, como en todo ritual, viajamos hacia otros mundos que están dentro de éste. Círculos
dentro de círculos. Espirales que se zambullen dentro de espirales. Nos movemos entre los mundos casi
sin darnos cuenta, participando de nuevas formas de iniciación en cada viaje.
Difícil determinar cuándo había comenzado mi travesía hacia la dimensión desconocida de organizar una
primera Conferencia de la Diosa en Argentina. Tal vez haya sido cuando me di cuenta de que lo mejor
era subirme a la ola de la energía, sin resistir nada, sin oponer, sin confrontar la realidad con el “debería”
… Sí, muchas cosas hubieran podido salir mejor, pero así fue como salieron. Todo, todo, todo se me
fue de las manos y comenzó a tener vida propia. Muchos inconvenientes podrían haberse evitado,
mejorado o reencauzado… pero no fue así, sino del modo en que se dieron.
Creo que en realidad mi viaje inició cuando dejé de luchar, porque ya no tenía sentido. Fue como
cabalgar una tabla imaginaria, surfeando vientos, remolinos y tempestades, navegando mares calmos,
llenos de belleza tan pronto como podían abrirse revelando abismos más profundos, preñados de
misterios y de alquimias insondables.
En menos de diez días escalé tres montañas; cambié la piel de mi rostro; corporicé a Chak-Anna, la
Diosa de la Cruz del Sur y me dejé inundar por Su energía; respondí quejas y reclamos o no los
respondí; barrí pisos; traté de organizar lo que no tenía destino; me subí a un escenario y hablé durante
horas, hilando y tejiendo las fibras luminosas y oscuras de tantas almas tratando de encontrarse, de
mostrarse, de sanarse, de abrigarse, de contenerse, de emocionarse, de enojarse, de herirse, de
traspasarse, de divertirse, de transformarse, de elevarse o de hundirse, de alegrarse y maravillarse, de
compartir o ser ajenas, de vivir cada instante como si fuera el último, con la intensidad de saborear por
unos breves instantes una vislumbre de eternidad.
En menos de diez días lloré, reí, sufrí, me sorprendí –y otras veces, no tanto-, jugué, amé, detesté, me
desesperé, me caí, me levanté y me morí más de una vez, volviendo a resucitar, de cuando en cuando.
Ardí en la hoguera de la inquisición (así, con minúsculas), probé el gusto amargo de la traición, recuperé
memorias hasta de mi más tierna infancia y de vidas pasadas antiguas y dolorosas.
En menos de diez días pasé por las situaciones más sublimes y más embarazosas. Me aplaudieron, fui
estafada, me alabaron, me insultaron, me dieron infinitas gracias, me ayudaron a quitarme la piel con
amor y cuidado –y otras veces, no tanto-, me hicieron mimos y regalos, me persiguieron y abandonaron,
me subieron a un pedestal y me bajaron, me calumniaron, me halagaron como nunca antes nadie había
reconocido mis esfuerzos, mis ideas y mi trabajo en toda mi vida.
En síntesis: una maravillosa experiencia iniciática, llena de desafíos y aprendizajes.
“No pueden matar al espíritu. Ella es como una montaña…” cantaron Kathy Jones y Vicki Noble sobre
el escenario del cine del pueblo. Y es así.
Llegué al último día con las últimas reservas de energía que me quedaban, exhausta, sin mente, agotada
y feliz pero, sobre todo, deseosa de terminar con todo cuanto antes. Necesitaba dormir durante días y
días. Necesitaba meditar acerca de si repetir o no la experiencia el año próximo. Pero si me lo
preguntaban en ese momento, mi respuesta sin ninguna duda habría sido: “no”.
Y sin embargo, todas y todos estaban felices. Me entregué a la danza del Círculo de Dar y Recibir. Pese
a todo, había sido una gran conferencia. Todo el mundo estaba cansado, pero también satisfecho y feliz.
El sonido de los cuencos de cuarzo me agredía un poco. No sé si esto se debía a que necesitaba asentar
con más fuerza el pie que tenía puesto sobre la tierra o porque mi espíritu deseaba dejarse llevar por las
espirales sonoras que se adentraban y se perdían en los confines mismos del universo…
De pronto, una mujer estaba frente a mí, hablándome no sé de qué ceremonia. Sus ojos brillaban como
obsidianas negras y tenían una mirada que yo conocía muy bien, de mis muchos viajes en espíritu. Ella
quería darme algo importante, pero yo casi no podía escucharla. Me perdí en el diseño exuberante y
exótico de su huipil florido. Me sentí caminando como si flotara entre los bordados verdes y fucsias y
rojos brillantes. Me transporté hacia el corazón de una selva en la cual un grupo de personas, vestidas
también con trajes ceremoniales, celebraban un concilio ante la presencia imponente de una pirámide
escalonada. Estas personas parecían ser muy importantes y le daban un objeto sagrado a esta misma
mujer, para que me lo diera…
Regresé de mi travesía entre las hojas y flores de su huipil y le dije que tendría que ser más tarde,
después de la ceremonia de cierre de la Conferencia…
Me dijo que no. Tenía que ser ahora. Ella debía irse porque la esperaban en otro lugar y Vicki Noble
nos aguardaba en El Remanso, porque la Iniciación sería para ambas. Ella y yo seríamos consagradas
como portadoras del Fuego Sagrado y el objeto que nos iba a entregar era una copalera.
“Es una ceremonia que no lleva más de una horita”, me dijo con mucha dulzura y lo creí. Una hora era
exactamente el tiempo que llevarían las dos obritas de teatro ritual que precedían al cierre, de modo que
sí era posible.
Iba a subir a mi coche pero me dijo que ellas me llevarían (estaba con una mujer más joven y dos niños,
un niño y una niña, pequeños). Por un momento tuve la fantasía de estar siendo raptada y llevada hacia
otro mundo. De alguna manera, sé que fue así.
Llegamos a El Remanso, donde Vicki había interrumpido sus consultas de Tarot, para participar de la
ceremonia. Ella ya tenía el copón en sus manos y era hermoso. Tenía tallada una serpiente, simbolizando
a su animal de poder. Al mío lo traía la abuela Mayahuel, quien me llevó hasta allí para iniciarme,
envuelto en papeles de seda de color fucsia.
Fuimos hacia la apacheta para abrirla y dejar nuestras ofrendas a la Pachamama, en agradecimiento por
todo lo que Ella nos da. Fue mágico y hermoso. Allí yo ya había perdido por completo la noción del
tiempo. Cantamos, rezamos, tocamos sonajas y tambores y nos trasladamos luego hacia la Rueda
Ceremonial para ser bendecidas.
Cada paso de la ceremonia era una nueva emoción. Vicki y yo, en el centro de la Rueda… Jamás en
toda mi vida hubiera podido imaginar semejante honor. “Tú eres la Mujer Serpiente, la que transmite la
Sabiduría”, le dijo Mayahuel envuelta entre las nubes blancas y exquisitamente perfumadas del copal. La
primera vez que sentí ese perfume en esta encarnación fue en un temazcal, hace ya bastantes años. Qué
sensación indescriptible… Yo ya conocía ese aroma. Me transmitía la agradable sensación de estar de
regreso en un templo muy antiguo, al cual siempre regreso. Mi corazón sentía el dulce perfume que
irradia la belleza y la felicidad de estar nuevamente en casa…
Cuando las nubes se disiparon, vi mi copón en las manos de la abuela. Sus ojos siempre profundos y
brillantes, con el frío oscuro de la obsidiana, me miraban sonrientes. Y vi la cabeza de un jaguar
coronando mi copa copalera… ¡Qué objeto tan sagrado y precioso! “Tú eres la Mujer Jaguar, la que
plasma, la que concreta. Tú eres la que materializa, la que crea en la tierra, la que vive en el mundo del
ensueño…” Las lágrimas no cesaban de resbalar por mis mejillas. Estaba feliz y estaba perdida… Ahora
no tenía más remedio que continuar concretando… La Conferencia de la Diosa debía continuar cada
año, con la certeza de que, a pesar de todo, “todo va a estar bien”, como me vaticinó el lonko que
apareció también de un modo mágico, dos días antes de la Conferencia, mientras hacía las compras en
un supermercado. Estas cosas solo pasan en Capilla del Monte…
“¿Quién va a hablar de la Chakana? ¿Usted va a hablar?”, me increpó.
“Sí”, respondí temerosa y traté de explicarle como pude de qué se trata mi trabajo con la Rueda de
Chak-Anna, incorporando a las Diosas de otros pueblos originarios.
“Yo soy el único que puede hablar de ese tema”, sentenció mientras yo quería que la Ñuque Mapu me
tragara.
Entonces, él hizo una pausa que para mí fueron siglos y agregó: “Está muy bien lo que va a hacer”.
Ahora sus ojos tenían el brillo de una sonrisa dulce y nuestros corazones se encontraron y reconocieron.
Nos abrazamos con mucha emoción y luego me dijo de un modo tranquilizador: “Todo va a estar bien”.
Y así fue. Todo estuvo bien, a pesar de todo, gracias a todo…
Ella es la que teje los tapices de nuestra vida. Somos Su red, Su creación. Es una ilusión el creer que
decidimos o creamos algo por nuestra cuenta, en solitario. Es Ella quien maneja los hilos sutiles del
Universo. No hay otro modo de hacer las cosas, más que a través de la entrega total y absoluta a Su
Divina Voluntad, a Su Divino Poder.
Ya no puedo recordar las palabras de Mayahuel. Solo sé que fueron muy sabias. Dijo algo especial
para cada una de las personas que participamos de la ceremonia (que de repente eran muchísimas y
habían comenzado a aparecer quién sabe de dónde). Solo recuerdo que surgían de entre las plantas y se
unían al grupo, llenas de amor y felicidad.
Hacia el final de nuestra celebración, caí en la cuenta de que la ceremonia había sido eterna. Yo tenía
que irme para cerrar la Conferencia, pero Mayahuel no paraba de cantar e invitarnos a bailar y de mis
labios no podía salir una sola palabra. Solo canciones.
Mi corazón estaba lleno. Una gran dicha llenaba todos los espacios y nada más parecía existir en ese
momento.
Cuando terminamos, mi copón todavía humeaba y quise llevarlo encendido para transmitir ese fuego
sagrado a las demás personas que, supuestamente, me estarían esperando. Pero cuando salía de El
Remanso, las sacerdotisas ceremonialistas, con Kathy a la cabeza, venían en procesión con los
estandartes, ya de regreso, cantando.
Pensé que me desmayaría. No podía entender lo que había pasado. Hubiera querido volver el tiempo
atrás, haciendo uso de toda la magia que habíamos desplegado. Parecía posible, pero no lo fue…
El grupo hizo un círculo a mi alrededor y al menos pude entregarles a ellos este fuego de la Diosa,
ardiendo del copal a mi corazón y de allí hacia el corazón de cada hermana y cada hermano.
Y es que nadie es capaz de comprender la magia cuando sucede y se manifiesta en sí misma. No hay
manera de retener el humo del copal con nuestras manos….
Me quedé sin cerrar la Conferencia.
No me queda más remedio que seguir trabajando para la próxima.

VOLVER A PÁGINA DE INICIO